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17 Mar 2009 - 15:57:01

parte IV

La fiesta 

Faltaban tres días para su cumpleaños número quince y tenía que ir a la fiesta de una amiga que aunque pudo haber compartido la ceremonia, al contrario de Gabriela sí quería algo grande. 
 

Se vistió de una forma que le resultaba muy extraña. Habían pasado cinco años desde la última vez que había usado vestido y no entendía por qué era tan importante hacerlo.
 

Aunque odiaba mirarse al espejo esa noche tuvo que hacerlo para evitar ridículos posteriores. Lo único que la motivaba era que iría Alberto y encima estaría usando terno. Se probó un pinta labios pero se lo quitó al notar que parecía una payasa. Trató de sonreír y calmarse y bajó las escaleras. Sus padres le tomaban fotos mientras ella solo quería poder salir e ir a la fiesta. 
 

A pesar de estar cerca el lugar no le habían dado mucho tiempo de permiso. Ella sabía que así sería, pues rara vez la dejaban salir, así que se consoló con la idea de que por lo menos podría ver un ratito a Alberto.
 

La gente la abrumó desde el comienzo. No sabía bailar y si comía algo el vestido se rompería. Por primera vez vio unas luces sicodélicas brillar tanto y no entendía que gracia tenía no poder ver nada. 
 

   
¿Me explicas que se supone que hacemos?

   
¿Cómo que qué? ¡Baila! — le respondió Kathy, que mas que ser una amiga, era la única en todo el colegio con la que podía hablar.

   
Es que tú sabes que soy una desgracia…

   
No son coreografías… solo muévete. 

Sus padres habían tenido el acierto de inscribirla desde sus primeros años en un colegio que promocionaba el arte y en que los estudios no eran todo para ser un buen estudiante. Ella se sentía la pierna izquierda de aquella institución, una pierna que con todo se esforzaba en sobrevivir demostrando habilidad en el uso de su cerebro. 
 

   
¿Quieres bailar? — le preguntó alguien que a pesar de las luces fugaces parecía ante sus ojos brillar, era Alberto.

   
Claro… — respondió mientras rogaba a los dioses poder, por lo menos, evitar pisarlo. 

Empezó a sentirse a tono con la música, a mover su cuerpo y divertirse, rió por unos momentos, hasta que detrás de ella se presentó un señor que reconoció como su trágico final del cuento: su chofer.
 

Esa noche no soñó con guerras, ni con asesinatos, ni tampoco vio su muerte, esa noche bailó en sus sueños, descubrió que adoraba moverse y que la música clásica que en su casa escuchaba no era la única que podía hacerla sentir viva.
  
Admin · 141 vistas · 1 comentario

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